Unicornios

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Algo que les preguntan a menudo a los niños de este país en el que me hallo, Estados Unidos, es qué harían si fueran presidentes. Las respuestas, como es previsible, giran en torno a helados para desayunar gratis en los colegios, cría de unicornios por doquier, fiestas de pijamas cada noche, abolición de los deberes y también la abrumadora mayoría de entre ellos dicen que eliminarían la pobreza, el hambre, la injusticia y cuidarían el planeta. Leyendo las prioridades de estos niños de hoy, se me ocurre que, en resumen, sus programas electorales tienen muchísimo más sentido que el conjunto de programas electorales de todos los partidos que en el mundo son y han sido, y desde luego cualquiera de estos niños, hasta los más inocentes, me parecen mucho más cualificados para gobernar el país y el mundo que Trump, Duterte, Maduro, Erdogan y Kim Jong, cuyo máximo objetivo, a tenor de las consecuencias de sus comportamientos, es que el planeta y todos nosotros nos vayamos al cuerno.

Yo también me pregunto muchas veces quién debería mandar en el mundo. Y así me respondo: el mundo lo deberían gobernar las mujeres de la limpieza de los hoteles, esas que cada día lidian con el desastre que dejamos detrás, sin rechistar y con una sonrisa. El mundo lo deberían gobernar las madres de familia numerosa, que hacen equilibrios con presupuestos ridículos y alimentan, visten, limpian y cuidan de niños en permanente estado de excitación. El mundo lo deberían gobernar las mujeres que caminan cada día 40 kilómetros en zapatillas desgastadas para conseguir un poco de agua para sus familias. Las mujeres y hombres que cuidan a sus hijos solos. Los pescadores que ven cada día cómo la pesca disminuye y se preguntan qué hacer. Los que miden el calentamiento global en el Ártico. Los ciegos, los sordos, los que tienen cualquier tipo de discapacidad que les hace proclives a agudizar los sentidos, a empatizar con el dolor ajeno. Los enfermos de ELA. Los que vienen en patera, huyendo del hambre, de la guerra, de la injusticia. El mundo lo deberían gobernar las personas apasionadas pero no fanáticas. Los visionarios benevolentes, los tranquilos, los no ambiciosos, los que no dan importancia al dinero, los que carecen de vanidad, los estoicos, los ateos, los que poseen coraje sin bravuconería, los empáticos, los que saben escuchar, los que poseen toneladas de conocimientos pero evitan dar lecciones y sermones cada dos minutos. Los que consideran el poder como una herramienta temporal para hacer las cosas lo mejor que saben y luego dedicarse a otra cosa. Y aunque todos los politólogos del planeta se pongan de acuerdo para tildarme de ilusa y naif, nadie me quitará de la cabeza que sólo en un mundo donde las personas que cumplan los requisitos que he mencionado tengan el poder puede salvarse de la extinción.

Estoy dispuesta a vivir en un mundo donde gobiernen niñas y niños de siete años, siempre que me dejen tomar helado para desayunar. Y colarme en la fila para jugar con los unicornios.