Elogio del vino blanco

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Decía Ruano que el escritor debe probarse de vez en cuando eligiendo un tema imposible y sosteniéndolo hasta el final, en un «vuelo sin motor» en el que se entrega a la escritura pura y divagatoria. Hoy escribiremos así, para lo que probaremos una alabanza del vino blanco y menosprecio del tinto. No porque el tinto, tan sobrado de panegiristas, no nos guste; sino porque nos fastidia que nadie elogie el vino blanco.

El vino tinto rememora la sangre; el vino blanco evoca la lágrima. La sangre es una efusión de la carne; la lágrima, un refinamiento del espíritu. Sangramos cuando nos hieren; lloramos cuando nos emocionan. Detrás de la herida, siempre hallamos el dolor; detrás de la emoción, un dolor o una alegría, o una alegría entreverada de dolor. La lágrima es más compleja y refinada que la sangre, más discreta y pudorosa también: la lágrima es furtiva, la sangre escandalosa; la lágrima puede ser chispeante y alborozada; la sangre siempre es aciaga y tremebunda. Es cierto que hay lágrimas de cocodrilo, pero también hay sangres de horchata; y entre el fingidor y el indolente preferimos al primero, que sigue creyendo en la invención.

Hay degustadores de vinos que prefieren irracionalmente un mal tinto a un buen blanco. Al hombre que nos dijera que prefiere a las morenas desabridas antes que a las rubias festivas lo ingresaríamos en un manicomio (o mejor, dejaríamos que se hartase de morenas desabridas, para que en el pecado llevase la penitencia); y lo mismo habría que hacer con los fundamentalistas del vino tinto. Dicen que el vino tinto tiene más cuerpo; pero ya se sabe que donde hay mucho cuerpo hay también muchos achaques (por no decir que hay un gordo como la copa de un pinto). Dicen también que el vino tinto conjuga con cualquier plato, sea carne o pescado; pero ya se sabe que quien sirve lo mismo para un roto que para un descosido no sirve en realidad para nada. Dicen, en fin, que el vino tinto, bajo su apariencia uniforme, encubre una mayor riqueza de matices; también a los feos suelen decirnos que escondemos un corazón tierno, un temperamento generoso, una panoplia de virtudes que sólo distinguen los paladares sensibles. Y, sin embargo, la fealdad no hay quien nos la quite.

Ahora también se ha difundido la especie de que los vinos tintos son más saludables que los blancos, porque acumulan taninos procedentes del hollejo de la uva. Saber que alguien bebe vino para cuidar su sistema cardiovascular nos resulta tan peregrino como saber que alguien peca contra el sexto mandamiento para mantener limpia la próstata. Hay que desconfiar de quienes se entregan al placer sin medida; pero mucho más de los que, para justificar su entrega, la disfrazan de coartadas salutíferas. La salud es un don que nos fue concedido para que lo gastásemos con tino; y quien se empeña en preservarlo tacañamente, como quien lo malgasta, tiene asegurado un lugar de privilegio en el infierno. El cielo está reservado para quienes saben gastar sabiamente su salud; y beber vino blanco es como ganarse una indulgencia plenaria.

Hay restaurantes en los que pides un vino blanco para acompañar un solomillo y te miran como si hubieses blasfemado. A los puritanos siempre les ha desagradado el mestizaje; pero la gente sana sabe que en la variedad está el gusto. El vino blanco alivia la pesantez de la carne, sutiliza el pescado, hermosea e ilumina cualquier menú, por farragoso o insípido que sea. El vino blanco aligera las digestiones y agiliza el ingenio: allá donde el vino tinto nos pone graves y solemnes, el vino blanco nos torna ocurrentes y chisposos. El vino tinto favorece los discursos pomposos y recargados; el vino blanco estimula el epigrama y la metáfora fulgurante. Un hombre borracho de vino tinto querrá atufar a la mujer que tiene a su lado con palabras pedregosas y soporíferas, espantándola para siempre; un hombre borracho de vino blanco la colmará de risueños y elegantes donaires, ganándola para siempre. El vino tinto lastra nuestro sueño de pesadillas y ronquidos; el vino blanco lo perfuma de ensoñaciones levitantes y silbos amorosos.

En el vino blanco, como en la lágrima, hay sutileza y transparencia; en el vino tinto, como en la sangre, aspereza y turbiedad. Y, además, el vino blanco se sube antes a la cabeza, en lo que prueba que es un vino inteligente al que le gusta hacer esgrima con las neuronas; el vino tinto, en cambio, se baja enseguida al estómago, a pelear con los jugos gástricos. Y ahora, por fin, confesaremos que escribimos este artículo bajo los efectos del vino blanco. Nos aguarda una resaca mucho más cabezona que la del vino tinto. Pero, como dijo un sabio, nadie es perfecto.