Una gimnasia mental

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

La noche en que estallaron tres bombas junto al autobús del Borussia Dortmund tomé un taxi en Madrid. El ambiente en el centro de la ciudad era tenso y sucio. Los seguidores británicos del Leicester festejaban en las calles lo barato del alcohol español, el horario nocturno abierto y la amabilidad de la capital. Pero su festejo beodo y espeso consistía en arrasar el mobiliario urbano, romper botellas y orinar contra las paredes. Durante el día, disfrutaron de esa costumbre de lanzar monedas a las gitanas de origen rumano que buscaban su caridad de turistas. Nada nuevo, estamos acostumbrados a que el espectáculo del fútbol lleve aparejado un precio: la vejación de tu ciudad. El taxista que me llevó a casa consideraba que la Policía era demasiado blanda con los alborotadores. Traté de explicarle que a veces cargar contra ellos y provocar la estampida violenta trae mayores desperfectos y una radicalización de las actitudes, es mejor la vigilancia y la prevención. Se encogió de hombros y me tomó por estúpido. Le pregunté por su acento y me explicó que era rumano, aunque llevaba varios años en España.

Luego hablamos de las explosiones en torno al autobús del Borussia y el conductor me explicó, con la autoridad que da estar al volante, que la culpa era de los refugiados sirios. A su entender, la llegada de los refugiados sirios era un desastre y nos había traído el terrorismo internacional. Noté algo que ya conocía, los emigrantes integrados suelen odiar a los emigrantes por integrar. Un poco como los fanáticos de un equipo odian a los fanáticos del equipo contrario, sin autoanalizar jamás su grado de descerebramiento, violencia y cerrazón. No me sorprendió el apresurado diagnóstico del atentado, porque es habitual incluso en esferas mejor informadas de tertulianos cafres. Cuando le dije que los atentados indiscriminados se remontaban a bastante tiempo antes de la llegada de refugiados, me dijo que daba igual. Los atentados de ahora eran más frecuentes y la culpa era de ellos, de los sirios. Le dije que, en los últimos casos investigados, la mayoría de los culpables no eran refugiados, sino gente nacida en países como Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania o Estados Unidos, criados en su sistema, con arraigo familiar y laboral.

Entonces, mi taxista nocturno sacudió la cabeza y me explicó que los gobiernos europeos no se atreven a reconocer la verdad, que todo es culpa de los refugiados. Apenas discutí algo más con él, sencillamente me quedé rumiando su actitud, porque es una actitud demasiado compartida, incluso es una actitud que está tiñendo a democracias sofisticadas. La de negarse a analizar las amenazas a la convivencia, el empleo, el crecimiento y la paz, y preferir enlazarlas todas a una corriente de opinión machacona y reduccionista, patriotera y boba. Tan solo le expliqué que cuando llegó a España la primera oleada de rumanos emigrados, bastante masiva, muy pocos estaban dispuestos a aceptar que se convertirían en buenos alumnos, taxistas honestos, albañiles ágiles, empleados correctos y futuros ciudadanos del país con todas las garantías y derechos. También ellos provocaban pavor, sospecha y miedo y el rencor de quitar a los nacionales un supuesto empleo.

Unas semanas después, las investigaciones pausadas de la Policía internacional desvelaron las claves de las bombas contra el autobús del Borussia Dortmund. Un financiero ruso trataba de rentabilizar una jugada en Bolsa causando una matanza que hundiera las acciones del club. Dinero, y solo dinero ganado por espasmo en el parqué vergonzante de nuestro delirio financiero, ese que expone la vida de la gente a dar vueltas en una ruleta enloquecida. Pensé en el taxista rumano. Seguramente desacreditó el resultado de la investigación. Qué más da. Él tiene sus propias ideas y la verdad no vendrá jamás a modificar sus certezas. Somos animales de convicciones tercas. Pero luego imaginé los miles de ciudadanos europeos que están al borde de dejarse caer hacia el patrioterismo, la mentira, la manipulación, el engaño populista y me dije que a esos no está de más insistirles en practicar una gimnasia mental en busca de verdades que no estén teñidas por olas de opinión, que los reafirmen en que el mundo es complejo y las evidencias de ello son constantes.